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¿Por qué tengo que pagar derechos de autor?

La pregunta me la hizo, a sabiendas de que estoy en el tema, el amigo de un amigo que tiene un hotel en Villa la Angostura. Y como si fuera poco agregó:
—¿Es nuevo esto?
Pensé que la gente común no tiene porque saber acerca de nuestros derechos, y nos cabe a nosotros, los autores y compositores, contarle sobre todas estas cuestiones e informarle que, ademas, debemos y podemos vivir de nuestro trabajo y nuestras creaciones, como hacen todas las personas del mundo en todas las profesiones. Pero me quedé pensando en la última frase “¿es nuevo esto? Y quise recordar que la propiedad intelectual no es algo que los músicos del siglo veintiuno quisimos inventar para perjudicar a los hoteleros. La propiedad intelectual y los derechos de autor tienen una historia y como toda historia merece ser contada.
A pesar de haber antecedentes anteriores, de los que no se tienen pruebas fehacientes, podemos tomar como referente el año 1491 cuando los Reyes Católicos confirmaron “privilegios” a la producción intelectual por medio del “Cuaderno de Alcabalas” para la Vega de Granada. Alcabala era el impuesto más importante del Antiguo Régimen que gravaba el comercio y era el que más ingresos producía a la Hacienda Real, y el “privilegio” estaba incluido en ese régimen que no era otra cosa que el reconocimiento de que una obra pertenece a su creador. Algunos tratadistas afirman que fue Francia la que reconoció legalmente (ordenanza de Moulins, año 1506) el derecho exclusivo del autor para disfrutar de sus obras con la sola obligación de obtener una concesión real (regalía) para publicarlos. Nosotros creemos que ambos están relacionados y son coincidentes Francia aporta un nuevo antecedente ya que en agosto de 1617 un edicto real dispuso que antes de publicar una obra debía depositarse dos ejemplares en la Biblioteca Real.
Inglaterra también tuvo su reconocimiento a los autores: en 1710 la Reina Ana sancionó el derecho de reimpresión por 21 años a las obras publicadas y por 14 años con opción a otros catorce a las inéditas. Esto es considerado como la primera vigencia legal de los que hoy llamamos “copyright”.
Otra vez en España, el 23 de marzo de 1763 se prohibió las venta, en todo el territorio español, la impresión de libros a todos los que no fueran sus autores.
De la misma manera casi todos los países europeos fueron otorgando, por medio de edictos, y leyes, derechos a los autores y sentando las bases para que en todo el mundo hubiera legislaciones que protejan a las obras y sus autores.
En lo que respecta a nuestra América seguramente cada uno de nuestro países debe de haber sostenido encuentros y desencuentros para persuadir a gobiernos y concientizar a la opinión pública. Sería interesante conocer esas experiencias.
En cuanto a la Argentina el primer antecedente no careció de sorpresa y hasta con cierta gracia. En oportunidad de celebrar el centenario de la independencia, en 1910, fueron invitadas personalidades políticas e intelectuales internacionales. Entre ellos Georges Clemenceau, político, periodista,escritor y dos veces primer ministro francés. Coincidentemente con la celebración, se estaba representando en el teatro Moderno la obra Le voile du bonheur de Clemenceau. Invitado a ver la obra por autoridades argentinas, cuando finalizó preguntó a los acompañantes, que quedaron atónitos, donde podía cobrar los derechos. No había en la Argentina legislación alguna al respecto. Ese fue el puntapié inicial para que los autores de teatro, compositores y escritores pensaran en organizarse y gestionar el reconocimiento de la autoría de sus obras.
Es muy importante que todos los autores y compositores, especialmente los más jóvenes, aquellos que están haciendo sus primeras letras y pentagramas, tengan en cuenta que somos los legítimos dueños de nuestras obras y que es justo que percibamos una retribución justa por parte de quienes obtienen beneficios derivados de su uso. Es lícito y humano que podamos vivir de las regalías de nuestras obras.
Porque de esta forma podemos seguir creando y todos continuar disfrutando de la música.
El amigo de mi amigo que tiene un hotel en Villa la Angostura, no volvió a preguntarme más porque debía pagar para usar música.

 

 

 

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